¿Alguien puede oírme o estoy hablando conmigo mismo?
Ya nada me une a vuestro planeta,
no profiero nada hacia él. Este cubículo ingrávido es suficiente para mí, esta
quietud. He abandonado por siempre jamás y ahora floto de la manera más peculiar.
A pesar del veloz orbitar aún siento una paz desbordante.
No me queréis entender.
El geoide desde esta perspectiva
me muestra la dimensión macroscópica del todo. Las estrellas brillan de manera muy
diferente. Estoy harto de la sociedad, de las marañas que se conforman en torno
a las ideologías, religiones y creencias. Aquí no hay leyes, mientras que
kilómetros bajo esta sonda yace una Sodoma moderna, llena de todo lo que no
quiero ser. Creéis que cambiáis el curso de las cosas, pero se sigue
manteniendo fijo, cambiáis profeta por profeta. Agua y aceite.
No.
Prefiero esta simbiosis con el
cosmos, ya nada me une a vuestro planeta. He transmutado en algo que no
conozco, pero dentro de toda la ignorancia que poseo concibo la insignificancia
de mi ser y los secretos que me aguarda el infinito.
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¿Qué esconden las ventanas al viaje
transdimensional? Puertas a la alternatividad, donde la muerte vive. Donde
fluye el paralelismo eterno, el cambio infructuoso, el destino superpuesto.
Mientras el sol cuelga en el cielo el desierto tiene arena.
A mi vista se abren
geometrías desconocidas y colores nunca percibidos. Formas imposibles y
delirios arenosos que erosionan la imaginación. Opuestos complementarios y
aberturas herméticas. Contradicciones lógicas. Acordes
estridentes de otros mundos.
Vivió, vive, vivirá. Murió,
muere, morirá. Sólo son formas verbales.
Su reloj no funcionaba, pero al
retirarlo de su muñeca las manecillas volvían a funcionar y el segundero giraba
acorde. Al devolverlo a su mano el reloj se paraba de nuevo. Era algo
premonitorio. Y me asusté.

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