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domingo, 2 de junio de 2013

Desierto cosmonaútico

¿Alguien puede oírme o estoy hablando conmigo mismo?


Ya nada me une a vuestro planeta, no profiero nada hacia él. Este cubículo ingrávido es suficiente para mí, esta quietud. He abandonado por siempre jamás y ahora floto de la manera más peculiar. A pesar del veloz orbitar aún siento una paz desbordante.
No me queréis entender.
El geoide desde esta perspectiva me muestra la dimensión macroscópica del todo. Las estrellas brillan de manera muy diferente. Estoy harto de la sociedad, de las marañas que se conforman en torno a las ideologías, religiones y creencias. Aquí no hay leyes, mientras que kilómetros bajo esta sonda yace una Sodoma moderna, llena de todo lo que no quiero ser. Creéis que cambiáis el curso de las cosas, pero se sigue manteniendo fijo, cambiáis profeta por profeta. Agua y aceite.
No.
Prefiero esta simbiosis con el cosmos, ya nada me une a vuestro planeta. He transmutado en algo que no conozco, pero dentro de toda la ignorancia que poseo concibo la insignificancia de mi ser y los secretos que me aguarda el infinito.

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¿Qué esconden las ventanas al viaje transdimensional? Puertas a la alternatividad, donde la muerte vive. Donde fluye el paralelismo eterno, el cambio infructuoso, el destino superpuesto. Mientras el sol cuelga en el cielo el desierto tiene arena.
A mi vista se abren geometrías desconocidas y colores nunca percibidos. Formas imposibles y delirios arenosos que erosionan la imaginación. Opuestos complementarios y aberturas herméticas. Contradicciones lógicas. Acordes estridentes de otros mundos.
Vivió, vive, vivirá. Murió, muere, morirá. Sólo son formas verbales.


Su reloj no funcionaba, pero al retirarlo de su muñeca las manecillas volvían a funcionar y el segundero giraba acorde. Al devolverlo a su mano el reloj se paraba de nuevo. Era algo premonitorio. Y me asusté.

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Para todos.

Para todos.
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