Las vidas más afiladas son las más mortíferas de dirigir
Acérquense ahora y tomen asiento para esta trágica aventura.
Aquí llega el epílogo.
“Renace en su ser todo un cementerio de memorias. En ocasiones, cuando
busco algo, me encuentro con predeterminación, previsibilidad y me hace perder la fe en todo lo que puede venir de ese instante en adelante… pero no aquella vez,
era algo diferente.
Nadie me conoce, soy frío, camino esta vida solo. No es culpa de nadie
excepto mía, es el camino que he escogido recorrer. Frío como la nieve, no muestro desconcierto.
¿Y si te dijera que no soy como los demás, que no soy otro juego más? Hiciste lo imposible, ganar mi confianza.
Y advertí: No juegues a algo peligroso, porque si me quemo, te enseñaré lo que es hacer daño. Porque he sido tratado como basura antes que tú. Y el amor es malvado.
Este es el principio de algo que llega a un final.
¿Y por qué preocuparme si no existe evidencia física presente de su
perpetuidad? Sólo queda el recoveco de un recuerdo. Una sonrisa, una línea de
ojos, una brisa de puerto.”
Ahora la sonrisa es una mueca; la línea, un horizonte borroso; la
brisa, un vendaval... Y aquellos recuerdos: lluvia congelada.
La certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se
ve.

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