Meses sin renovar, quizás el momento más inoportuno la historia más incorrecta, pero demonios, sentía el impulso de contar mi famoso trauma infantil y posterior odio. Es una especia de síndrome psicológico a la figura de Herodes, y no daré más pistas, para mantener la tensión.
Tuve la suerte (o la desgracia) de haber crecido en Castro Urdiales, ese lugar, donde a fecha de hoy, lo raro es encontrarte con un cántabro, para poner un ejemplo en el último cumpleaños que celebré, un prepotente asistente de Telepizza o Pizzatron, lo ignoro, me atendió y saludó en vasco, fue quizás esa la razón por la que yo y mi tropa huimos al centro alimenticio más cercano, que fue un puesto de perritos calientes "El Cantabro", me inspiró confianza. Pero los hechos de mi historia son mucho anteriores y se remontan a mi mas traumática y tierna infancia.
A pesar de ser un ateo redomado, mi familia pone el belén y celebra las navidades, puede resultar hipócrita, pero una celebración materialista en familia no la hay siempre. Debía de tener alrededor de cuatro o cinco años.
Las figuritas del belén me fascinaban, especialmente una de Herodes, que sostenía una espada en alto, mandando el avance de la tropa. Eran figuras de plástico, que podrían ser deformadas con los dedos fácilmente, Tal era la expresión de odio de la mini figura de Herodes y su perfeccionismo (a pesar de ser la típica figura del súper), me tenía fascinado. Hasta el punto que lo llevaba conmigo siempre, fui posesor de Herodes en todo su esplendor y posterior horror.
Iba al colegio con él, el mítico juego con figuritas en parvulario era con Herodes, que lo consideraba lo suficientemente poderoso como para ganar a otras réplicas de superhéroes como Spiderman o Batman, Herodes podía llevar años de atraso, pero tenía tal cara de odio, que los niños rehusaban jugar con él. Esa figura daba poder, y delirio, que raro en un inocente Darío bajito, gordo y con el pelo a lo afro, de unos cinco años.
Llegó el fatal día, en el cual acompañé a mi madre a ir de compras al supermercado y llevé, como no, a mi amigo Herodes en un bolsillo un tanto estrecho. Después de realizar la compra con éxito, dirección a casa había que atravesar los múltiples pasos de cebra con las imprudencias del insoportable tráfico castreño. Fue cruzando uno de estos pasos de cebra cuando noté que Herodes se desprendía de mi bolsillo, y caía, en mitad de la carretera. El semáforo se puso rojo para los peatones y cientos de coches comenzaron a pasar, yo alerté a mi madre, que me dijo que esperara a que volviera a estar verde, y yo como buen niño esperé. Herodes salió ileso de la acometida, y el semáforo se puso verde de nuevo, con aires de grandeza fui a recuperar a mi amigo, cuando un enorme, gigantesco, truculento camión de construcción con un enorme remolque trasero, lo atropelló. La figura de Herodes quedó reducida a una especie de mancha de chicle en la acera, que posteriormente quedó adherida a una de las ruedas del camión de construcción, que llevó pegado, seguramente hasta su destino. Yo impotente. Contemplaba la mancha rojiza que era Herodes dando vueltas como un chicle pegado a la rueda del camión, y lo peor es que por cada rotación de la rueda, pequeños restos de Herodes quedaban en la carretera. Me quedé en mitad de la carretera con cara de idiota, y mi madre me hizo cruzar de nuevo. El camión torció a la derecha y perdí definitivamente a la masa irregular de Herodes.
¿Acaso merecía el delator de Jesucristo tal horrible final? ¿Una simple figura de un todo a cien que representaba todo un poder? Toda ella reducida a un pegote de pasta rojiza. No hubo figura del belén capaz de sustituirle, pero como en todas las casas decentes, su puesto fue reemplazado por un playmobil con cara de pocos amigos, que duplicaba en tamaño a las demás figuras, pero para mí, aquel belén perdió el sentido.
Verídico. A veces la realidad supera a la ficción.
Tuve la suerte (o la desgracia) de haber crecido en Castro Urdiales, ese lugar, donde a fecha de hoy, lo raro es encontrarte con un cántabro, para poner un ejemplo en el último cumpleaños que celebré, un prepotente asistente de Telepizza o Pizzatron, lo ignoro, me atendió y saludó en vasco, fue quizás esa la razón por la que yo y mi tropa huimos al centro alimenticio más cercano, que fue un puesto de perritos calientes "El Cantabro", me inspiró confianza. Pero los hechos de mi historia son mucho anteriores y se remontan a mi mas traumática y tierna infancia.
A pesar de ser un ateo redomado, mi familia pone el belén y celebra las navidades, puede resultar hipócrita, pero una celebración materialista en familia no la hay siempre. Debía de tener alrededor de cuatro o cinco años.
Las figuritas del belén me fascinaban, especialmente una de Herodes, que sostenía una espada en alto, mandando el avance de la tropa. Eran figuras de plástico, que podrían ser deformadas con los dedos fácilmente, Tal era la expresión de odio de la mini figura de Herodes y su perfeccionismo (a pesar de ser la típica figura del súper), me tenía fascinado. Hasta el punto que lo llevaba conmigo siempre, fui posesor de Herodes en todo su esplendor y posterior horror.
Iba al colegio con él, el mítico juego con figuritas en parvulario era con Herodes, que lo consideraba lo suficientemente poderoso como para ganar a otras réplicas de superhéroes como Spiderman o Batman, Herodes podía llevar años de atraso, pero tenía tal cara de odio, que los niños rehusaban jugar con él. Esa figura daba poder, y delirio, que raro en un inocente Darío bajito, gordo y con el pelo a lo afro, de unos cinco años.
Llegó el fatal día, en el cual acompañé a mi madre a ir de compras al supermercado y llevé, como no, a mi amigo Herodes en un bolsillo un tanto estrecho. Después de realizar la compra con éxito, dirección a casa había que atravesar los múltiples pasos de cebra con las imprudencias del insoportable tráfico castreño. Fue cruzando uno de estos pasos de cebra cuando noté que Herodes se desprendía de mi bolsillo, y caía, en mitad de la carretera. El semáforo se puso rojo para los peatones y cientos de coches comenzaron a pasar, yo alerté a mi madre, que me dijo que esperara a que volviera a estar verde, y yo como buen niño esperé. Herodes salió ileso de la acometida, y el semáforo se puso verde de nuevo, con aires de grandeza fui a recuperar a mi amigo, cuando un enorme, gigantesco, truculento camión de construcción con un enorme remolque trasero, lo atropelló. La figura de Herodes quedó reducida a una especie de mancha de chicle en la acera, que posteriormente quedó adherida a una de las ruedas del camión de construcción, que llevó pegado, seguramente hasta su destino. Yo impotente. Contemplaba la mancha rojiza que era Herodes dando vueltas como un chicle pegado a la rueda del camión, y lo peor es que por cada rotación de la rueda, pequeños restos de Herodes quedaban en la carretera. Me quedé en mitad de la carretera con cara de idiota, y mi madre me hizo cruzar de nuevo. El camión torció a la derecha y perdí definitivamente a la masa irregular de Herodes.
¿Acaso merecía el delator de Jesucristo tal horrible final? ¿Una simple figura de un todo a cien que representaba todo un poder? Toda ella reducida a un pegote de pasta rojiza. No hubo figura del belén capaz de sustituirle, pero como en todas las casas decentes, su puesto fue reemplazado por un playmobil con cara de pocos amigos, que duplicaba en tamaño a las demás figuras, pero para mí, aquel belén perdió el sentido.
Verídico. A veces la realidad supera a la ficción.
