«Que no está muerto lo que yace eternamente,
y con los eones extraños incluso la muerte puede morir».
Abdul Alhazred, Necronomicón.
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Legado inadvertido, pasa entre mil generaciones.
Superan sus depresiones recordando lo vivido.
Recuerdos reprimidos por nuestras propias decisiones.
Vivimos en base a una magnitud, de carácter asimétrico no
recíproco, fugaz y esquivo. El tiempo. Supeditados a un presente forzoso que
deja remanentes ilusorios de efectos anteriores. Como fantasmas desfilando por
una sábana, conociendo la huella que en ella dejan, ignorando el porvenir del
mantel.
La mirada atrás asusta. El curso es tan libre y
aparentemente aleatorio que los meandros del tiempo evocan aquellos momentos
prósperos y míseros, amargos y dulces. Como perros amaestrados.
¿Dónde comenzó el recordar, el dibujar del cuadro de la
memoria? ¿Qué destina el sendero de los episodios futuros?
Será puramente caos distópico. Dimensiones subterráneas
desconocidas. Conjuros y gritos. Venir para desaparecer, sin dirección ni
rumbo.
“Es un río de agonía,
Poder cogerte la mano
Y vivir en sintonía
Sentirme héroe de paisano.”

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