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sábado, 8 de mayo de 2010

Efimereces

Sostenía la taza de café descafeinado con las dos manos. Los codos apoyados sobre la mesa, la última mesa en la esquina más lejana de aquella cafetería. El ambiente era tranquilo, no había casi gente, era un martes laborable. Mirando a su alrededor contempló a un señor de traje leyendo el Wall Street Journal, y bastantes hombres y mujeres que se reunieron juntos en una mesa a tomar un café rápido antes de volver al trabajo. Él no tenía trabajo, estaba estudiando Informática a distancia en la Universidad Estatal de Michigan City. Pero él no estaba en aquella cafetería sosteniendo aquel café descafeinado con los codos apoyados en la mesa porque fuera su hora libre, o porque estuviésemos en verano y se hubiera librado de la complicada vida estudiantil. Él estaba allí únicamente, mirándola a ella. Ella fumaba un cigarrillo aguantándolo con el índice y el pulgar, con una clase impropia de nuestro generación, era como si, estuviese en los años treinta; con la otra mano sujetaba la revista Life. Seguramente había pedido algo, que todavía no habían traído, quizás por olvido de los encargados o quizás porque había pedido una bebida muy extraña y muy sofisticada.
Él seguía mirando, la llevaba mirando dos meses, tres semanas y tres días. Ella desconocía su existencia, y eso le volvía loco, no dormía por las noches. Llevaba tiempo queriendo dirigirse a ella, decirle algo, cualquier cosa, algo insustancial, llevaba exactamente dos meses, tres semanas y tres días queriendo decirla algo. Él se imaginaba sus gustos, nunca le gusto que fuese fumadora, pero ella desconocía su opinión, en cambio, era una lectora fiel a la revista Life, que a él también le gustaba. En una ocasión él la compró simplemente para ver si ella hacía algún gesto agradable al observar que otra persona en esa misma cafetería leía su misma revista. Pero no hizo nada, ni ese día ni semanas después cuando lo volvió a intentar.
El café descafeinado estaba frío, pero a nadie le importaba. Si hubiese habido silencio total en la cafetería él sería capaz de escuchar su respiración, y él mismo escucharía su corazón acelerado, pero esta mañana se escuchaba a jóvenes trabajadores discutiendo sobre temas que a él no le interesaban. Ella se sentaba, siempre que podía, en la segunda mesa de la derecha, cercana a la puerta a un enorme ventanal cuyas vistas daban a la mismísima quinta avenida de New York. Un día, ella trajo una guía turística de Dublín, lo cual le entristeció, pensó que ella marchaba de viaje o que iba a vivir a Dublín, sin familia conocida, sola y despreocupada en un país al otro lado del océano, pero no fue así. Volvió al día siguiente a la cafetería y él sonrío ampliamente al ver que no había ni viaje, ni vida en Dublín sin familia conocida, sola y despreocupada.
Pero hoy era el día, el día en que finalmente le hablaría. Él dejó su café a rebosar que ni siquiera había catado y miró su reloj de pulsera. Mediodía, él tenía el privilegio de dirigirle a ella sus primeras palabras aquel martes a mediodía tras dos meses, tres semanas y tres días de espera. Caminó nervioso por la cafetería, por el camino mas largo, bordeando un montón de mesas, pasando al lado de la barra. Ella apagó el cigarrillo en el cenicero y continuó leyendo. Eso le hizo pararse, pero continuó caminando. Cuando finalmente estaba a dos metros de su mesa, dijo un tímido, casi sordo, "hola". Ella no le oyó, o no le hizo caso, él prefirió pensar en lo primero. Lo repitió de nuevo. Ella se limitó a pasar de página a la revista. Entonces él, se escondió el reloj de pulsera debajo de la manga, y le preguntó mientras dirigía su mano al hombro de ella: "Perdone... Disculpe, ¿Tiene hora?". Pero nunca llegó a tocar su hombro, le atravesó con su mano. Como si de un ente se tratase. Y es que era un ente. Repitió la operación y pudo contemplar que era incapaz de tocarla, sus manos penetraban en su cuerpo y ella no hacía nada, él era capaz de atravesarla con su mano. Ella no existía, ella no estaba sentada en aquella cafetería aquel martes a mediodía, mientras se fumaba un cigarrillo aguantándolo con el índice y el pulgar a la vieja usanza; ni tampoco había revista Life, ni viaje a Dublín. Sus ojos eran una utopía, sus gustos con que tanto había tergiversado, no existían, porque ella no existía. Ella no estaba en aquella cafetería, ni siquiera había un "ella".
Ella de desvaneció como una nube que se evapora dejando un asiento vacío como si nadie nunca hubiera estado allí. Él sintió el impulso de llorar y afirmar que tanta belleza no era cierta. Sollozaba en bajo, volvió a su mesa, a su esquina, apartada del resto. En las otras mesas personas reales debatían de temas sin interés. Ella no tomaba nada, porque no había pedido nada, ella nunca pedía nada, no había bebidas sofisticadas. No había cigarrillo a la antigua usanza...

¿O sí lo había?

Levantó la mirada y vio que una finísima columna de humo se elevaba al techo de la cafetería desde el cenicero de la segunda mesa de la derecha, al lado de la puerta, con aquellas maravillosas vistas a la quinta avenida. Él volvió a levantarse hacia la mesa vacía. Cuando llegó a la mesa, recogió la colilla del cenicero, arrugada, aún humeante como recién apagada. Con una ligera marca de carmín rojo.

Para todos.

Para todos.
Historias de Darius