Se dice de los hombres que no
debemos llorar. Seriedad y corazón de piedra. Pero entonces llegó la noticia.
El mayor hincha del Fútbol Club
Barcelona que existió. Su figura siempre en el asiento de la izquierda según
entraba al salón. Su sombra y marca impresas en el cuero a día de hoy a modo de
máscara mortuoria. Pensé que estaba siendo apático e insensible, pero era
simplemente que no me hacía a la idea. Cuando llegó el momento me di cuenta de
que la situación era irreversible… y al mismo tiempo tan natural que me asusté.
Entonces aparecen rostros en
procesión, recuerdos andantes. Evocan aquellos grandes momentos y pequeños
detalles; algunos son muy acertados y otros desubicados para la situación. Veo
en algunas caras el verdadero dolor de la pérdida y en otras un desdén
rutinario –el cual no condeno, lo entiendo-. Y fue esa atmósfera de palabras
que ya no podemos cambiar la que me dio una bofetada de realidad. Aquella
figura ya no iba a abrir sus ojos de nuevo, no iba a andar sobre sus dos
bastones ni a recibir con sus manos temblorosas el periódico, ni a dirigir sus
delgados dedos al bolsillo interior de su camisa en búsqueda de la billetera.
Me asusté.
A veces creo que necesito un
sentimiento concreto en mi mente. Por contra, aparecen masivamente y de manera
tan aleatoria que forman un nudo en mi garganta como si engullese lentamente
una bujía de piel de sapo.
Y llega el ritual, tan anacrónico
y superfluo. Una moraleja obvia en un cubículo tan frío y elevado. Deslumbrado
por la ostentosidad de la situación. Siento que soy yo el féretro cuando agarro
la madera por los bordes afilados; sintiendo como las astillas me tiñen los
nudillos y el peso del ser querido cae literalmente sobre mi espalda. Tras eso,
nada, solo rezos. Tantas caras y sólo tan pocas conocidas, pero siempre
intentando mantener un gesto compresivo y buscar infructuosamente las palabras
más adecuadas.
Una sala insípida. Música. Telón.
Por los que se van y por los que
están por llegar. Por aquellas calles demasiado vacías como para morir soñando.
Aquellas mañanas tintineantes de viajes mágicos.
Ahora cada vez que le recuerdo,
mis ojos enrojecen.
Porque no tengo el corazón de piedra.
Día de lágrimas aquél
en que resurja del polvo
para ser juzgado el hombre reo.
