Evolución del fenómeno seriéfilo y del hype
(Rápido análisis)
NOTA PREVIA: Todo análisis desde mi perspectiva será incompleto dado que carezco del tiempo humano y divino para poder hablar de todas aquellas series que existen. Esto pretende ser simplemente una aproximación desde mi territorio conocido a lo que concibo como la evolución de la cinematografía en las últimas décadas.
Hoy día es
difícil encontrar películas en la gran pantalla de duración inferior a las dos
horas. Los cien minutos parecen haberse convertido en un extraño del cine.
¿Tendrá que ver con la conspiración subterránea de las series? Me refiero al
fenómeno “hype” en torno a modas de una hora semanal, de unos doce capítulos y
tantas temporadas como precise el ganador del pulso productora-guionistas. De
entre todo ese fango cinematográfico se aprecia el brillo de diamantes.
El Big Bang
sucedió en los años ochenta, y se llamaba Hill Street Blues, cambiando los
estándares narratorios de las series, convirtiéndose en la serie más laureada
en los premios Emmy junto la no menos brillante “El ala oeste de la casa blanca”
(1999) de Aaron Sorkin.
Ya en 1999
“Los Soprano” de David Chase golpeaba sobre los estándares narrativos de las
series, proponiendo capítulos de una hora y línea temporal propia de saga. Me
refiero a la ilusión del espectador de sumergirse en un universo poliforme y
plástico, que cambia y evoluciona en la consecución de sus capítulos.
Sutilmente, dentro de planteamientos y desenlaces de una hora que provocaban la
satisfacción inmediata de la dosis seriéfila semanal del espectador, se
introducían nudos profundos que se deshilachaban en torno a los personajes
principales.
En el final,
todo el simbolismo de la serie converge por un cuello de botella de una forma
totalmente fugaz. Hubo por ello descontento, los espectadores acostumbrados a
series segmentarias se encontraron con un mosaico final de 8 años de veladas
frases cargadas de intenciones en última instancia. Hacía falta una consecución
más rápida y un ojo más atento para atender a la congruencia simbólica. El
resultado fueron seis temporadas de unos veinte capítulos cada uno. Un empacho
visual cuya verdadera delicia se ocultaba en las especias.
Hubo silencio.
El mundo de
las series continuó su curso habitual. En los talleres más profundos, David
Simon escrudiñaba cada esquina y rescoldo de “The Wire”. Se elaboraba en 2002
la novela humana, la vida en vídeo. Serie impopular que no tardaría en ser
-como los buenos vinos- elevada a los altares con el paso de los años como la
mejor serie de la historia de la caja tonta. En ella se sirve realidad cruda en
un plato frío para el espectador. No atiende de ritmos narrativos, de “hype”,
de modas o fantasías. “The Wire” se mostró como un cuadro perfecto, sin una
pincelada de más, sin un guión fuera de sitio ni una coma mal puesta. Hablar de
esta serie sería dedicar muchas páginas y halagos al complejísimo y flexible
universo de Simon, así que dejemos la siguiente sentencia por resumen: la
perfección narrativa es “The Wire”; es leer con planos secuencia la vida a
través de cinco temporadas de unos doce/trece capítulos.
Entonces llegaron
J. J. Abrams y Damon Lindelof, los que consiguieron una tarde de 2004 dejar a
todo el planeta pegado en la pantalla. Había nacido el “hype”. Había nacido
“Perdidos”. Las “ganas terrible e insanas” de querer ver algo más. El nudo en
su máxima expresión, donde el verdadero goce del espectador reside en la
sensación de perdición. El ciudadano siente placer en la ignorancia, y la
búsqueda del desenlace queda enmascarada por las ganas de ver más. Infatigable
y apabullante, el ritmo narrativo mantuvo adeptos durante sus seis años y
temporadas de emisión.
Pero, ¿Cuál
era el mensaje? El elenco era excepcional, cada personaje poseía una
personalidad y pasado de unos tintes totalmente novelescos… Sin embargo, en el
desenlace no quedó reflejado ninguno de estos excelentes usos, el “flashback”
murió por culpa del “flashforward” que ellos mismos explotaron. Dejaron de lado
la cara humana y dura de la serie por el cerebro que no quiere irse a dormir
sin resolver un misterio. Y la serie se ahogó en sus propias falsas
conclusiones, en sus propios “cliffhangers”… pero el espectador no juzgó, si
apenas esbozaron una mueca de desagrado.
Pero no sabían
lo que habían inventado, una tónica de series basadas en mantener espectadores
bajo un guión vertiginoso de mejor o peor resolución. La escuela Abrams acuñó
muchas series modernas. Toda serie añadía el “hype” a su lista de condimentos.
Así nacieron mil pufos como otros tantos proyectos ambiciosos. No entraré a
enunciarlos uno por uno, destacaré una serie en particular.
“Dexter”, 2006.
El asesino en serie favorito de América y de Europa. Organizada bajo guiones
que creaban ansias de continuar con las aventuras del carismático personaje de
las novelas de Jeff Lindsay, Dexter era todo lo que uno quería ser y no podía.
El espectador debería repudiar a dicho personaje, que se toma la justicia por
su mano y no da cuenta de sus actos a nadie, sin embargo lo abrazamos y tomamos
como nuestro. Que no le toquen ni un pelo. Ese esquema de “a problema por
temporada” funcionó con solvencia la primera mitad de la serie, entonces el
espectador se vio sumergido en un cada vez menos meticuloso guión, pecando de
superficialidad. Se amontonaban los problemas a faltas de capítulos por
resolver…
¿Por qué? El
guionista quería una cosa, Showtime quería otra. La serie fue alargada a ocho
dolorosas temporadas, dejando en su desenlace una sensación de agridulce. Una
satisfacción incompleta, como cuando se sacrifica a un animal que sufre.
Esto pretendía
demostrar el versus de lo que una cadena quiere frente a lo que el guionista de
verdad busca. Después de todo esto nos sumergimos en un mar de series,
heterogéneas que abarcan cualquier temática y término. Y aunque solo sea por
repetición estadística, algo bueno tiene salir de toda esa selva. Y ese algo es
“Breaking Bad”.
Llega en 2008,
con “el padre de Malcolm in the Middle” como protagonista. Vince Gilligan lleva
sus líneas a otra dimensión consiguiendo la poción mágica del éxito. El “hype”
conjuga a la perfección con el esquema de la serie. Los personajes son
complejos, evolucionan de formas impensables hasta que Bryan Cranston pasa de
ser Hal a Heisenberg. El puzzle conformado a lo largo de las cinco temporadas
encaja a la perfección y deja un semblante satisfactorio. Sin artificios; o si
los hubo, los justos.
Aborda el
parámetro comercial y todo espectador cae en sus redes tarde o temprano.
Breaking Bad es cruda, no tiene segundas o terceras intenciones es un mensaje
que ataca como un gancho de izquierda, desprevenido. No tardan en aparecer los
que la catalogan como la mejor serie que han visto, o simplemente la elevan a
priori a la mejor que verán… Un espectador puede halagar Breaking Bad y no
pasar de cinco capítulos de The Wire ¿Por qué? Por el “hype”, el sustrato
universal del apego a la pantalla.
Hablando de
intereses, AMC presionó por alargar la serie, a lo cual el equipo de Breaking
Bad decidió hacer dos minitemporadas de menos capítulos de lo habitual cada una
para que no interfiriese con el “planning” del guión. El mismo dilema mantiene
viva la ya muy dilatada Mad Med con su falsa séptima temporada finiquitando la
serie en 2015. En el otro espectro de la negociación, HBO acorta la vida de “Boardwalk
Empire” por falta de apego de seis a cinco temporadas. A colación de estos
esquemas “Juego de Tronos” se sostiene en el fenómeno fan y una bibliografía
apabullante, buscando ser la superproducción sublime, con una necesidad
imperiosa de propagarse en el espectro televisivo unas cuantas temporadas más,
pero... ¿Cuántas?
“Hermanos
de Sangre” y “The Pacific” debería ser miniseries de visión olbigada. Cine
bélico en su máxima expresión donde auténticos expertos del género tratan la
guerra lejos del ambiente clásico, viviendo una auténtica campaña.
A
día de hoy podemos encontrar cientos de series de muy heterogéneos argumentos,
en la actualidad estoy con “The Newsroom”, “True Detective” y “House of Cards”;
con otras tantas en lista de espera.
Este blog solo pretende resucitar para
volver a dar voz a lo que de verdad me gusta: el cine, las series, el arte en
todos sus formatos.