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martes, 16 de agosto de 2016

Abandono el debate virtual

A raíz de una reflexión de Derek Muller, en la cual equiparaba la obesidad con la información, tuve una epifanía. Además todo ello se vio agravado por un debate interno con respecto a la prensa escrita y el periodismo.

Recuerdo Twitter como una herramienta de comunicación e información, pero quizás ahora mismo ese juicio se ha nublado. Confieso que me veo a diario debatiendo sobre temas en los que tengo una convicción clara y no veo la necesidad de expresarme; que me irrito por opiniones discrepantes y noticias sesgadas. Tiendo a enfocar la realidad de mi ideología a través de un prisma propio, en el que yo escojo el sesgo y, aunque lo visto de neutralidad, ya hay jurado, juez y ejecutor.
Pero no me entiendan mal, siento que toda la comunidad de Twitter, Facebook, y los foros virtuales en general, conviven en este debate eterno que bascula entre el linchamiento personal, la "piel fina" que sangra a la mínima discrepancia, lo extremista y lo reaccionario. Buscando siempre la respuesta a cualquier declaración en la red, cuestionando la veracidad de toda noticia...
Todo esto es beneficioso hasta cierto punto, concretamente cuando no se puede separar al ente de la ideología. El momento en el que un avatar o un retweet fuera de tu zona de confort levanta ampollas. 
Así que he decidido entrar en una dieta baja en información, porque es agotador, y porque no lo necesito tanto como creo. En mi persona se crean circuitos de recompensa buscando, contrastando... En definitiva, afianzando los pilares de "mi verdad" o "la verdad". Por lo tanto durante una temporada voy a probar los placeres (o igual tormentos) de buscar mi propia información lejos del mar de las redes y el foro social. Ser yo en todo momento el propietario de lo que quiero y no quiero saber y lo que quiero y no quiero debatir, compartir... Etc. 

Mucha gente no apoya esta postura porque el mundo de hoy en día se mueve en base a estas redes y a la información constante y actualizada; pero en retrospectiva con respecto a muchos acontecimientos, "la verdad" nunca es inmediata, ni se produce en los primeros segundos.

Por lo tanto pongo fin al debate infructuoso y a la obesidad informativa. Aunque bien se sabe que las adicciones son difíciles de superar.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Evolución del fenómeno seriéfilo y del hype

Evolución del fenómeno seriéfilo y del hype
(Rápido análisis)

NOTA PREVIA: Todo análisis desde mi perspectiva será incompleto dado que carezco del tiempo humano y divino para poder hablar de todas aquellas series que existen. Esto pretende ser simplemente una aproximación desde mi territorio conocido a lo que concibo como la evolución de la cinematografía en las últimas décadas.


Hoy día es difícil encontrar películas en la gran pantalla de duración inferior a las dos horas. Los cien minutos parecen haberse convertido en un extraño del cine. ¿Tendrá que ver con la conspiración subterránea de las series? Me refiero al fenómeno “hype” en torno a modas de una hora semanal, de unos doce capítulos y tantas temporadas como precise el ganador del pulso productora-guionistas. De entre todo ese fango cinematográfico se aprecia el brillo de diamantes.

El Big Bang sucedió en los años ochenta, y se llamaba Hill Street Blues, cambiando los estándares narratorios de las series, convirtiéndose en la serie más laureada en los premios Emmy junto la no menos brillante “El ala oeste de la casa blanca” (1999) de Aaron Sorkin.

Ya en 1999 “Los Soprano” de David Chase golpeaba sobre los estándares narrativos de las series, proponiendo capítulos de una hora y línea temporal propia de saga. Me refiero a la ilusión del espectador de sumergirse en un universo poliforme y plástico, que cambia y evoluciona en la consecución de sus capítulos. Sutilmente, dentro de planteamientos y desenlaces de una hora que provocaban la satisfacción inmediata de la dosis seriéfila semanal del espectador, se introducían nudos profundos que se deshilachaban en torno a los personajes principales.

En el final, todo el simbolismo de la serie converge por un cuello de botella de una forma totalmente fugaz. Hubo por ello descontento, los espectadores acostumbrados a series segmentarias se encontraron con un mosaico final de 8 años de veladas frases cargadas de intenciones en última instancia. Hacía falta una consecución más rápida y un ojo más atento para atender a la congruencia simbólica. El resultado fueron seis temporadas de unos veinte capítulos cada uno. Un empacho visual cuya verdadera delicia se ocultaba en las especias.

Hubo silencio.

El mundo de las series continuó su curso habitual. En los talleres más profundos, David Simon escrudiñaba cada esquina y rescoldo de “The Wire”. Se elaboraba en 2002 la novela humana, la vida en vídeo. Serie impopular que no tardaría en ser -como los buenos vinos- elevada a los altares con el paso de los años como la mejor serie de la historia de la caja tonta. En ella se sirve realidad cruda en un plato frío para el espectador. No atiende de ritmos narrativos, de “hype”, de modas o fantasías. “The Wire” se mostró como un cuadro perfecto, sin una pincelada de más, sin un guión fuera de sitio ni una coma mal puesta. Hablar de esta serie sería dedicar muchas páginas y halagos al complejísimo y flexible universo de Simon, así que dejemos la siguiente sentencia por resumen: la perfección narrativa es “The Wire”; es leer con planos secuencia la vida a través de cinco temporadas de unos doce/trece capítulos.

Entonces llegaron J. J. Abrams y Damon Lindelof, los que consiguieron una tarde de 2004 dejar a todo el planeta pegado en la pantalla. Había nacido el “hype”. Había nacido “Perdidos”. Las “ganas terrible e insanas” de querer ver algo más. El nudo en su máxima expresión, donde el verdadero goce del espectador reside en la sensación de perdición. El ciudadano siente placer en la ignorancia, y la búsqueda del desenlace queda enmascarada por las ganas de ver más. Infatigable y apabullante, el ritmo narrativo mantuvo adeptos durante sus seis años y temporadas de emisión.

Pero, ¿Cuál era el mensaje? El elenco era excepcional, cada personaje poseía una personalidad y pasado de unos tintes totalmente novelescos… Sin embargo, en el desenlace no quedó reflejado ninguno de estos excelentes usos, el “flashback” murió por culpa del “flashforward” que ellos mismos explotaron. Dejaron de lado la cara humana y dura de la serie por el cerebro que no quiere irse a dormir sin resolver un misterio. Y la serie se ahogó en sus propias falsas conclusiones, en sus propios “cliffhangers”… pero el espectador no juzgó, si apenas esbozaron una mueca de desagrado.

Pero no sabían lo que habían inventado, una tónica de series basadas en mantener espectadores bajo un guión vertiginoso de mejor o peor resolución. La escuela Abrams acuñó muchas series modernas. Toda serie añadía el “hype” a su lista de condimentos. Así nacieron mil pufos como otros tantos proyectos ambiciosos. No entraré a enunciarlos uno por uno, destacaré una serie en particular.

“Dexter”, 2006. El asesino en serie favorito de América y de Europa. Organizada bajo guiones que creaban ansias de continuar con las aventuras del carismático personaje de las novelas de Jeff Lindsay, Dexter era todo lo que uno quería ser y no podía. El espectador debería repudiar a dicho personaje, que se toma la justicia por su mano y no da cuenta de sus actos a nadie, sin embargo lo abrazamos y tomamos como nuestro. Que no le toquen ni un pelo. Ese esquema de “a problema por temporada” funcionó con solvencia la primera mitad de la serie, entonces el espectador se vio sumergido en un cada vez menos meticuloso guión, pecando de superficialidad. Se amontonaban los problemas a faltas de capítulos por resolver…

¿Por qué? El guionista quería una cosa, Showtime quería otra. La serie fue alargada a ocho dolorosas temporadas, dejando en su desenlace una sensación de agridulce. Una satisfacción incompleta, como cuando se sacrifica a un animal que sufre.

Esto pretendía demostrar el versus de lo que una cadena quiere frente a lo que el guionista de verdad busca. Después de todo esto nos sumergimos en un mar de series, heterogéneas que abarcan cualquier temática y término. Y aunque solo sea por repetición estadística, algo bueno tiene salir de toda esa selva. Y ese algo es “Breaking Bad”.

Llega en 2008, con “el padre de Malcolm in the Middle” como protagonista. Vince Gilligan lleva sus líneas a otra dimensión consiguiendo la poción mágica del éxito. El “hype” conjuga a la perfección con el esquema de la serie. Los personajes son complejos, evolucionan de formas impensables hasta que Bryan Cranston pasa de ser Hal a Heisenberg. El puzzle conformado a lo largo de las cinco temporadas encaja a la perfección y deja un semblante satisfactorio. Sin artificios; o si los hubo, los justos.

Aborda el parámetro comercial y todo espectador cae en sus redes tarde o temprano. Breaking Bad es cruda, no tiene segundas o terceras intenciones es un mensaje que ataca como un gancho de izquierda, desprevenido. No tardan en aparecer los que la catalogan como la mejor serie que han visto, o simplemente la elevan a priori a la mejor que verán… Un espectador puede halagar Breaking Bad y no pasar de cinco capítulos de The Wire ¿Por qué? Por el “hype”, el sustrato universal del apego a la pantalla.

Hablando de intereses, AMC presionó por alargar la serie, a lo cual el equipo de Breaking Bad decidió hacer dos minitemporadas de menos capítulos de lo habitual cada una para que no interfiriese con el “planning” del guión. El mismo dilema mantiene viva la ya muy dilatada Mad Med con su falsa séptima temporada finiquitando la serie en 2015. En el otro espectro de la negociación, HBO acorta la vida de “Boardwalk Empire” por falta de apego de seis a cinco temporadas. A colación de estos esquemas “Juego de Tronos” se sostiene en el fenómeno fan y una bibliografía apabullante, buscando ser la superproducción sublime, con una necesidad imperiosa de propagarse en el espectro televisivo unas cuantas temporadas más, pero... ¿Cuántas?

“Hermanos de Sangre” y “The Pacific” debería ser miniseries de visión olbigada. Cine bélico en su máxima expresión donde auténticos expertos del género tratan la guerra lejos del ambiente clásico, viviendo una auténtica campaña.

A día de hoy podemos encontrar cientos de series de muy heterogéneos argumentos, en la actualidad estoy con “The Newsroom”, “True Detective” y “House of Cards”; con otras tantas en lista de espera. 


Este blog solo pretende resucitar para volver a dar voz a lo que de verdad me gusta: el cine, las series, el arte en todos sus formatos.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Y AHORA ME VOY

Y ahora me voy
Y me voy sin haber recibido mi legado,
sin haber habitado mi casa,
sin haber cultivado mi huerto,
sin haber sentido el beso de la siembra y de la luz.
Me voy sin haber dado mi cosecha,
sin haber encendido mi lámpara,
sin haber repartido mi pan...
Me voy sin que me hayáis entregado mi hacienda...
Me voy sin haber aprendido más que a gritar y a maldecir,
a pisar bayas y flores....
Me voy sin haber visto el Amor,
con los labios amargos llenos de baba y de blasfemias,
y con los brazos rígidos y erguidos, y los puños cerrados,
pidiendo Justicia fuera del ataúd.

Me voy porque la tierra ya no es mía
Porque mis pies están cansados,
mis ojos ciegos,
mi boca seca
y mi cuerpo dócil y ligero,
para entrar en el aire.
Me voy porque ya no hay caminos para mi en el suelo.
Salí del agua, he vivido en la sangre
y ahora me espera el Viento
para llevarme al sol....
Salí del mar....y acabaré en el fuego.

Me voy porque la espiga y la aurora no son mías
He andado perdido por el mundo pidiendo pan y luz.
¡Y el sol es pan y luz!
¡Miradle como sale del horno y asciende en el alba para todos,
con su doble corona de harina y de cristal!...
¡Oh, Dios antiguo y generoso, proscrito por el hombre!
Tu ahí siempre, puntual en la espiga y en la aurora
y yo aquí hambriento y ciego, con mi grito mendigo
perdido tantas veces en la historia....

Me voy porque la luz tampoco es mía.
Hoy abrí la ventana que mira al mar y al viento
y me pareció que había abierto
la trampa que estaba aquí en el suelo
para los días de las conspiraciones y del miedo.
Si sigo aquí, ahora ya y siempre, tendré que decir:
Ahí abajo, ahí adentro...
en la cueva, en lugar de decir: Allá afuera, allá arriba....
en el viento.
Me voy. Las ventanas son trampas. Ya no veo la luz....
ya no la veo.

ME VOY PORQUE LA TIERRA Y EL PAN Y LA LUZ YA NO SON MÍOS.
Volveré mañana en el corcel del Viento.
Volveré. Y cuando vuelva, vosotros os estaréis yendo:
Vosotros, los alcabaleros de la muerte, los centuriones en acecho
bajo la gran ojiva de la puerta, los constructores de ataúdes
que al medir el cuerpo amarillo de los que se van,
con la cinta de metro y medio de los alfayates, decís siempre:
¡Como crecen los muertos!
¡Oh, sí! Los muertos crecen. El último traje que se hicieron,
al amortajarlos ya les viene pequeño. Crecen.
Y, apenas los entierran, rompen los tablones de pino y los catafalcos de acero;
crecen después en la tumba, fuera de la caja,
abren la tierra como semillas del centeno
y ya, bajo el sol y la lluvia, en el aire, sueltos y sin raíces,
siguen y siguen creciendo.

Yo me voy a crecer con los muertos.

Volveré mañana en el corcel del Viento.
Volveré ¡Y volveré crecido!
Entonces vosotros que os estaréis yendo no me conoceréis.
Mas cuando nos crucemos en el puente, yo os diré con la mano:
¡Adiós, alcabaleros,
centuriones,
sepultureros!...
A crecer, a crecer,
a la tierra otra vez....
al agua,
al sol,
al Viento....al Viento....
¡Otra vez al Viento! 

León Felipe

Y volveremos, por la roja, amarilla y morada.



miércoles, 16 de octubre de 2013

Lacrimosa


Se dice de los hombres que no debemos llorar. Seriedad y corazón de piedra. Pero entonces llegó la noticia.

El mayor hincha del Fútbol Club Barcelona que existió. Su figura siempre en el asiento de la izquierda según entraba al salón. Su sombra y marca impresas en el cuero a día de hoy a modo de máscara mortuoria. Pensé que estaba siendo apático e insensible, pero era simplemente que no me hacía a la idea. Cuando llegó el momento me di cuenta de que la situación era irreversible… y al mismo tiempo tan natural que me asusté.

Entonces aparecen rostros en procesión, recuerdos andantes. Evocan aquellos grandes momentos y pequeños detalles; algunos son muy acertados y otros desubicados para la situación. Veo en algunas caras el verdadero dolor de la pérdida y en otras un desdén rutinario –el cual no condeno, lo entiendo-. Y fue esa atmósfera de palabras que ya no podemos cambiar la que me dio una bofetada de realidad. Aquella figura ya no iba a abrir sus ojos de nuevo, no iba a andar sobre sus dos bastones ni a recibir con sus manos temblorosas el periódico, ni a dirigir sus delgados dedos al bolsillo interior de su camisa en búsqueda de la billetera.

Me asusté.

A veces creo que necesito un sentimiento concreto en mi mente. Por contra, aparecen masivamente y de manera tan aleatoria que forman un nudo en mi garganta como si engullese lentamente una bujía de piel de sapo.

Y llega el ritual, tan anacrónico y superfluo. Una moraleja obvia en un cubículo tan frío y elevado. Deslumbrado por la ostentosidad de la situación. Siento que soy yo el féretro cuando agarro la madera por los bordes afilados; sintiendo como las astillas me tiñen los nudillos y el peso del ser querido cae literalmente sobre mi espalda. Tras eso, nada, solo rezos. Tantas caras y sólo tan pocas conocidas, pero siempre intentando mantener un gesto compresivo y buscar infructuosamente las palabras más adecuadas.

Una sala insípida. Música. Telón.

Por los que se van y por los que están por llegar. Por aquellas calles demasiado vacías como para morir soñando. Aquellas mañanas tintineantes de viajes mágicos.


Ahora cada vez que le recuerdo, mis ojos enrojecen. 

Porque no tengo el corazón de piedra.


Día de lágrimas aquél
en que resurja del polvo
para ser juzgado el hombre reo.

viernes, 30 de agosto de 2013

Germen


Maybe I should cry for help. Maybe I should kill myself
Blame it on my ADD baby


domingo, 18 de agosto de 2013

Una palabra por delante.


"—Quiero que me escuches. —La voz provenía de su interior.— No sabes quien eres."

 

Ey, chaval.

Te levantaste tarde un día y ya no eres tan joven, pero sigues siendo idiota y estás entumecido por toda tu gloria que ya se ha ido. Y aquella mañana era una explosión de sinsabores, un sentimiento insípido de caída perpetua. Error continuo y carrera sin meta.

Ignoraste los factores estocásticos, presupusiste que el camino ya estaba marcado y sólo había que leer un guión.

Escondidos de la luz y el sentido mostramos nuestro verdadero disfraz. Las sensaciones se purifican. Mientras, el destino, te envía tambaleándose recuerdos de sueños diezmados y gritos ahogados. Buscaba complementariedad y se hallaba con antónimos, hasta que un día encontró una pieza que encajaba en su alma... y era todo tan irreal y antiestadístico que se asustó y no quiso volver a buscar. Existía un corazón que latía acorde a las melodías que le recordaban a ella.

El hombre que hay en mí se esconde en ocasiones de ser visto. Recuerdo caminar una calle de madrugada. Una calle que cuando luce el sol es un tumulto de gentío constante. Una confusión agitada. Pero aquella noche sólo el alquitrán de las calles, los gigantes de hormigón y la lluvia tendían su compañía sobre mí... y nunca me sentí más acompañado.

 

Lo soñado y lo no vivido. Lo no soñado y lo vivido. Discernirlo es mi tarea más ardua.

 

 

 

jueves, 8 de agosto de 2013

Microfilms de la megalópolis


 
Un hombre de traje camina por la metrópoli. Por las calles fluyen ríos de gente frenética y estresada. El hombre siempre va, en la pausa para almorzar, al mismo lugar: un pequeño local de comida asiática tradicional. El paseo es muy largo y muchas veces tiene que apurar la comida para retornar a tiempo a su puesto. La gastronomía del lugar no es fantástica, hay mejores restaurantes más próximos a su lugar de trabajo, pero él prefiere ese lugar.
Al cruzar la puerta ella le sonríe y él devuelve el gesto. Apenas se entienden entre ellos. Tras pedir, ella le sirve lo que ha pedido y se sienta junto a él y lo mira mientras apoya su barbilla en su puño y su codo sobre la mesa.
Con un leve gesto, la chica saca de una bolsa un pequeño libro infantil en japonés. lo abre y señala figuras diversas, pronuncia sus nombres con mucha delicadeza. Él, mientras come, intenta repetir los sonidos lo más fidedignamente posible.
No se entienden, pero el brillo en los ojos de ambos da a entrever que da igual el mensaje que fluya en aquel íntimo ambiente. Cuando se entiendan, se lo dirá.
 
_____
 
Agobio. Ruido ensordecedor. Prisas. Golpes. La calle está repleta.
Pero ella está petrificada en medio, con su vestimenta blanca, con la vista alzada mirando los lirios de un balcón mientras encorva una sonrisa.
Coches. Pasos rápidos. Humo. Suenan Cláxones. Las flores se están marchitando.

Para todos.

Para todos.
Historias de Darius