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miércoles, 16 de octubre de 2013

Lacrimosa


Se dice de los hombres que no debemos llorar. Seriedad y corazón de piedra. Pero entonces llegó la noticia.

El mayor hincha del Fútbol Club Barcelona que existió. Su figura siempre en el asiento de la izquierda según entraba al salón. Su sombra y marca impresas en el cuero a día de hoy a modo de máscara mortuoria. Pensé que estaba siendo apático e insensible, pero era simplemente que no me hacía a la idea. Cuando llegó el momento me di cuenta de que la situación era irreversible… y al mismo tiempo tan natural que me asusté.

Entonces aparecen rostros en procesión, recuerdos andantes. Evocan aquellos grandes momentos y pequeños detalles; algunos son muy acertados y otros desubicados para la situación. Veo en algunas caras el verdadero dolor de la pérdida y en otras un desdén rutinario –el cual no condeno, lo entiendo-. Y fue esa atmósfera de palabras que ya no podemos cambiar la que me dio una bofetada de realidad. Aquella figura ya no iba a abrir sus ojos de nuevo, no iba a andar sobre sus dos bastones ni a recibir con sus manos temblorosas el periódico, ni a dirigir sus delgados dedos al bolsillo interior de su camisa en búsqueda de la billetera.

Me asusté.

A veces creo que necesito un sentimiento concreto en mi mente. Por contra, aparecen masivamente y de manera tan aleatoria que forman un nudo en mi garganta como si engullese lentamente una bujía de piel de sapo.

Y llega el ritual, tan anacrónico y superfluo. Una moraleja obvia en un cubículo tan frío y elevado. Deslumbrado por la ostentosidad de la situación. Siento que soy yo el féretro cuando agarro la madera por los bordes afilados; sintiendo como las astillas me tiñen los nudillos y el peso del ser querido cae literalmente sobre mi espalda. Tras eso, nada, solo rezos. Tantas caras y sólo tan pocas conocidas, pero siempre intentando mantener un gesto compresivo y buscar infructuosamente las palabras más adecuadas.

Una sala insípida. Música. Telón.

Por los que se van y por los que están por llegar. Por aquellas calles demasiado vacías como para morir soñando. Aquellas mañanas tintineantes de viajes mágicos.


Ahora cada vez que le recuerdo, mis ojos enrojecen. 

Porque no tengo el corazón de piedra.


Día de lágrimas aquél
en que resurja del polvo
para ser juzgado el hombre reo.

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