"—Quiero que me escuches. —La voz provenía de su interior.— No
sabes quien eres."
Ey, chaval.
Te levantaste tarde un día y ya
no eres tan joven, pero sigues siendo idiota y estás entumecido por toda tu
gloria que ya se ha ido. Y aquella mañana era una explosión de sinsabores, un
sentimiento insípido de caída perpetua. Error continuo y carrera sin meta.
Ignoraste los factores
estocásticos, presupusiste que el camino ya estaba marcado y sólo había que
leer un guión.
Escondidos de la luz y el sentido
mostramos nuestro verdadero disfraz. Las sensaciones se purifican. Mientras, el
destino, te envía tambaleándose recuerdos de sueños diezmados y gritos
ahogados. Buscaba complementariedad y se hallaba con antónimos, hasta que un
día encontró una pieza que encajaba en su alma... y era todo tan irreal y
antiestadístico que se asustó y no quiso volver a buscar. Existía un corazón
que latía acorde a las melodías que le recordaban a ella.
El hombre que hay en mí se
esconde en ocasiones de ser visto. Recuerdo caminar una calle de madrugada. Una
calle que cuando luce el sol es un tumulto de gentío constante. Una confusión
agitada. Pero aquella noche sólo el alquitrán de las calles, los gigantes de
hormigón y la lluvia tendían su compañía sobre mí... y nunca me sentí más acompañado.
Lo soñado y lo no vivido. Lo no soñado y lo vivido. Discernirlo es mi
tarea más ardua.

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